BIENVENIDOS

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Gracias por su visita

Hugo Lindo


Recopiló: Lic. Jaime Noé Villalta Umaña
Prof. y Abg.
DIMENSIÓN DE LA ESPERANZA
Hugo Lindo

Tierra, madre marchita y ampulosa,
Madre vencedora y vencida,
Regazo de la hiena y de la mariposa,
Del santo y del homicida:
Creemos en tu ruda maternidad, en tu dolorosa
Pasión de ser el sitio de la vida.
Creemos en tu lloro fecundo
Que hace crecer la mies y madura la poma
Y riega sobre el mundo
Con excelsa locura
La virtud, el amor y la aventura,
Y el trino y el color y el aroma.
Y pues somos creyentes de tu rito,
Apáganos ya el grito
Del hombre mutilado, de la virgen desnuda,
Del niño escarnecido y de la viuda…
Brillen de nuevo en la campiña
Los prados de esmeralda,
Y florezca la niña
Que recogía moras en su falda.
Sea dado rezar como otras veces
—mas no al igual que los abuelos
que elevaban sus preces
al reino de los cielos:—
Mezclada la oración con el trabajo,
Vencidos los blasfemos,
Dios será con nosotros aquí abajo.
Y entonces rezaremos,
Puestos a la otra orilla de la guerra,
Con el pecho frutal, con el alma encendida,
Una oración, de pie como la vida:
“¡Padre Nuestro que estás en la tierra…!”

FÁCIL PALABRA
Hugo Lindo

Teníamos que decirnos muchas cosas
Y no hallábamos cómo.
Era mejor así. Corría el tiempo
Y envejecíamos con él.
Y eso era hermoso.
Porque pensando apenas, o sintiendo o pensado
O nada más sintiendo
Adivinábamos
Lo que es el zumo de este testimonio:
Teníamos que decirnos muchas cosas,
Pero ¿cuáles?
¿Y cómo?

HONDURA DEL DOLOR
Hugo Lindo

¡Qué lección aprendiste de la tragedia, oh tierra!
Se te empapó la carne de silencio infinito,
Las cruces te brotaron como árboles de guerra
Y las aves trocaron su canto por el grito.
Sentiste que corría sobre tu piel la ausencia,
Que el llanto de los hombres te calaba los poros,
Que hasta la hierba estaba urgida de clemencia,
Que eran de polvo y sangre los ansiados tesoros.
Viste pasar la inmensa caravana de viudas
Con los hijos a cuestas. Los jóvenes de antes
Retornar con las cuencas vencidas y desnudas,
Con los miembros rasgados, lívidos y sangrantes.
Laceró tus oídos el lamento blasfemo
De aquél que fue a la muerte por el amor asido,
Y retornó a encontrarse con el dolor supremo
De la copa vacía y el lecho envilecido.
Escuchaste el crujido de la máquina fuerte
Que sucumbió al empuje del enemigo artero,
Y al capitán marino que desafió a la suerte,
Lo hallaste entre residuos de carbón y de acero.

LEPANTO
Hugo Lindo

Lepanto. Las galeras venecianas
Tremolan sus pendones. Hay un surco
De fuego entre las áncoras cristianas
Y las quillas del turco.
Ruge la mar, ahita de pavores.
Se alzan las medias lunas y las cruces
Y el aire se ensordece de atambores
Al trueno rojo de los arcabuces.
El jefe veneciano, Barbarigo,
Tiene un velo de sangre sobre el ojo;
Pero aún está de pie, y el enemigo
No ha logrado templar su fiero arrojo.
Don Juan, el Serenísimo, avizora
La galera cristiana en donde está,
Clavada en una pica vengadora,
La cabeza feroz de Alí Bajá.
Al frente de la nave “La Marquesa”
— viva estatua de carne, humano cedro—
Alienta a los titanes de la empresa
El Capitán Francisco de San Pedro,
Cuando del fondo del navío, advierte
Surgir una figura desolada
Cuya color es de amarillo-muerte,
Que sólo tiene vida en la mirada.